miércoles, 12 de junio de 2013

Somos lo que comemos: la comunidad del maíz

SurSiendo.com



(EXTRACTO)
La frase que se enuncia en el título es de lo más conocida y sea quizás una buena forma de enmarcar el espíritu de este post. Es cierto que lo mismo podríamos hacer con la agricultura en general pero en estas tierras mesoamericanas el sentimiento de ser hijos e hijas del maíz es profundo y su domesticación creó una forma de ser en sociedad tan fuerte que creemos que ese solo hecho merece especial atención, sobre todo ahora que crece la introducción de semillas transgénicas en el centro de origen de esta planta.

El maíz es de los alimentos más utilizados en las dietas del mundo, después del trigo y el arroz. Los datos que sustentan el momento de su domesticación son muy variados pero se cree que alrededor de unos tres mil años antes de nuestra era los antiguos habitantes de estas tierras comenzaron con esta tarea. En un principio la planta daba frutos muy pequeños, del tamaño del dedo chico de una mano. Su progresiva integración en la alimentación cotidiana de los que algunos creen fueron los primeros en cultivarlo, los olmecas, hizo que sus características fueran cambiando hacia la forma y tamaño con el que lo conocemos hoy en día.

Para algunos investigadores mexicanos la agricultura podría ser el resultado de “una larga historia de manejar in situ la vegetación natural”. Por aquel entonces los primeros cazadores-recolectores realizaron una labor de observación, selección y cuidado de plantas de maíz silvestres eligiendo entre ellas a las de mejor fruto en sabor y tamaño y cuidando su entorno para asegurar su crecimiento y reproducción. Estos cuidados hicieron que sobrevivieran gran variedad y diversidad del granos que sin el factor humano hubieran desaparecido.

Más allá de estos datos empíricos lo que se creó con la siembra y domesticación del maíz fue una forma de hacer sociedad y de relacionarse. De hecho es muy habitual que para hablar del origen de la planta y cómo empezó a formar parte de la vida de las personas se citen mitos cosmogónicos fundacionales. Así en el libro sagrado de los mayas, el Popol Vuh, se dice que

"Los dioses hicieron de barro a los primeros mayas-quichés. Poco duraron. Eran blandos, sin fuerza; se desmoronaron antes de caminar. Luego probaron con la madera. Los muñecos de palo hablaron y anduvieron, pero eran secos; no tenían sangre ni sustancia, memoria ni rumbo. No sabían hablar con los dioses o no encontraban nada que decirles. Entonces los dioses hicieron de maíz a las madres y a los padres. Con maíz amarillo y maíz blanco amasaron su carne. Las mujeres y los hombres de maíz veían como los dioses, su mirada se extendía sobre el mundo entero. Los dioses echaron un vaho y les dejaron los ojos nublados para siempre, porque no querían que las personas vieran más allá del horizonte".

Los mexicas, con su Leyenda de los Soles reflejan una simbología muy similar. Para éstos y todos los demás pueblos de la región, esta planta ocupó uno de los momentos más importantes de su historia dando comienzo a la vida civilizatoria tal y como la conoceríamos luego.

También se tienen evidencias de un sistema avanzado de agricultura de maíz en el imperio Inca, en la región de los Andes sudamericanos con lo que se evidencia el importante flujo e intercambio con el que se desarrollaban las culturas de aquellos tiempos. En realidad lo que eso nos dice es que el intercambio de esos conocimientos adquiridos de la experiencia eran profundamente necesarios para la supervivencia de las comunidades y se daba de manera natural y fluida. Compartir conocimientos permitió crear esas civilizaciones que hoy nos siguen maravillando.

Más tarde el maíz se fue cultivando en forma de milpa, es decir junto con otros alimentos como frijol, calabaza o chile, complejizando aún más la dieta y los cuidados de acuerdo a las zonas de cultivo y las estaciones del año. Según un artículo escrito para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) por César Carrillo Trueba “el resultado de este proceso fue la formación de aproximadamente 250 pueblos de diferente lengua, habitando un territorio de gran diversidad natural y unidos por una forma de vida tejida alrededor del cultivo del maíz”.

SEMILLAS TRANSGÉNICAS
Esa enorme adaptabilidad que le permitió a las primeras civilizaciones americanas cientos de variedades de las semillas y gran cantidad de alimentos derivados es hoy uno de sus principales problemas por el enorme interés que existe por parte de las empresas agroindustriales de quedarse con este suculento negocio. La tendencia desde esos sectores es ver al maíz absolutamente separado de sus comunidades.

Para Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC, “todas las guerras tratan de destruir las fuentes de alimentación del enemigo… Y aunque para las trasnacionales los campesinos y la gente en general no somos enemigos sino clientes potenciales (en realidad sólo les interesa la ganancia), apropiarse de las bases de la alimentación les da ambas ventajas: fabricar dependencia y destruir resistencia”. Las semillas transgénicas generan una enorme dependencia y rompen con las soberanías alimentarias que por ende rompen con todas las demás formas de soberanías subsecuentes.

Las semillas transgénicas rompen de raíz estas cadenas de valor, de conocimiento y de unión creadas durante siglos porque para crecer no necesitan ya de un bastón plantador, de un cuidado directo personal ni de las relaciones sociales que comparten. Bastan grandes extensiones de tierra y una buena dosis de fertilizantes artificiales y herbicidas de laboratorio para “hacerlos crecer”. Y por supuesto una buena cantidad de dinero para comprar semillas en cada nueva siembra, porque las de la cosecha anterior no servirán ya que son estériles. Eso sin mencionar los estudios realizados de forma más independiente (la mayoría de los estudios de este tipo son pagados por las mismas trasnacionales de la agroindustria por lo que los resultados nunca contradecirán su negocio) que ya demuestran lo que campesinos y campesinas viene diciendo desde hace décadas: que los transgénicos son dañinos para la salud humana.

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1 comentario:

necmettin karadağlı dijo...

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